sábado, 04 de febrero de 2012
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El personaje


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Colaboración: Un buchito de güisqui con cine

 
Harold LloydPor Sergio Berrocal *

Antes, allá por el rancho grande, cuando el cine siempre nos hacía felices, porque esa era la misión primera de los Lumière y otros monstruos, teníamos míticas referencias en las que refugiarnos con la alegría o la desesperación de Harold Lloyd agarrado al minutero de un reloj en un edificio de Nueva York.

Han llegado los malos tiempos, la crisis occidental de valores, el desencanto de todos los que vivimos en un primer mundo donde el que fuera gurú supremo del dinero acaba de ser condenado a 150 años de cárcel y, aparentemente, no es el guión de ninguna película. Nos movemos en un mundo enfermo, tocado de muerte por los atracos de la recesión y de la estafa con menos gracia que en una película italiana de Dino Rissi. Y, oiga, no me avergüencen cuando lean de mi puño y letra que tiempos pasados fueron mejores y que películas de antaño nada tienen que ver con la zafiedad de las que se nos ofrece ahora en descaradas campañas de embrutecimiento colectivo.

Teníamos, decía, referencias serias a las que asirnos con las dos manos. Eran puertos donde se podía atracar por mal tiempo, en espera de que se calmasen los vendavales que hoy ya se convierten en mini tornados aunque no todos vivamos en California. Mal tiempo que nos roían los higadillos y que tenían nombres de ciudades. En mi mitología personal, muy pronto, pero que muy pronto, de pantalón corto y calcetines a media pierna, estaba Bagdad, con Sabú  en “Las mil y una noches” (1942) y los cuarenta simpáticos ladrones con María Montez que nos parecían por el hechizo de su magia, por la templaza de su carácter sonriente, príncipes cumplidores de principios rígidos y justicieros, que de paso nos permitían perdernos por los vericuetos enamoradizos de palacios guardados por celosías de marfil. Con los años, mientras aparecían primero los pantalones bombachos y luego los largos de adulto, la globalización, que no data de anteayer, convirtió a los entrañables cuarenta ladrones en glotones financieros internacionales y arrasaron los palacios de la cultura legendaria perdida en las entrañas de Bagdad, que desde entonces horadan día a día la pesadilla de las bombas mientras el gran hacedor de tantísima fechoría pasa días felices en un rancho de Texas, meditando en familia otras maldades, otra forma de multiplicar y de hacer crecer los muertos para que nunca más puedan refugiarse en una butaca de cine. Crímenes que han escapado a un tribunal de Nuremberg, sección  genocidas perversos, que nadie nunca juzgará. Y entonces te das cuenta de que hay urgencia en encontrar otro puerto para atracar.

En mi imaginario de películas como “Exodus” y algunas producciones árabes que casi nadie ha visto nunca porque lo bello si corto mejor que mejor y menos quebradero de cabeza da a los señores de la guerra, tuve por un rato un puerto llamado Gaza, olivos perdidos en desiertos de paz, gente con chilaba que llevaba una vida placentera hasta que Otto Preminger dejó que su cargamento de judíos bajase a las tierras que antes pisó Jesús.

Entretanto, en plena simpleza de mi amor por el cine como aspirina del alma que no necesitaba de complicadas recetas médicas, conocí el puerto de Tánger, allá en tierras del norte de Africa. Era, fue para mí, un inmenso estudio de cine al aire libre donde en un clima que sonaba a lo más cercano a la libertad que podía tener un infante sin marina como yo, periodista prematuro sin  incubadora, la gente era requetefeliz. Las estrellas de ese cine mío se paseaban en bellísimos yates por aquel puerto cuajado de lanchas contrabandistas agujereadas por los Elliot Ness todavía no filmados en celuloide pero que reprimían el contrabando de tabaco con el entusiasmo de un realizador novel que cuenta por primera vez el Chicago de los años veinte. En el centro de la ciudad, la Mafia norteamericana, Cosa Nostra o Cosa de ustedes que ya no sé, sentaba sus reales y vendía la cocaína que todavía era el mal de minorías multimillonarias que a veces me dejaban asistir a una fiesta del Bagdad de mi infancia en algún palacio oculto en la medina de todos los misterios. Pero un día también llegaron los malos y tuve que correr hacia otro puerto. Tras mucho navegar, y no por eso amanecía más temprano, un tren de tercera regional me llevó de Marsella, donde me había depositado un carguero mixto de juvenil olvido, y pronto desembarqué en París. ¡Dios mío! Este era mi puerto, esa era la bocana que en el Sena me iba a conducir a la plenitud del pobrecito Ulises arrepentido y resignado a una Penélope hastiada de tejer estupidez pura en lugar de pasárselo de rechupete con los millonarios y sinvergüenzas pretendientes que la esperaban, primero con el recurrido Kirk Douglas que dirigió Mario Camerini en Italia en 1954 hasta lo que hizo Werner Nenes (que haríamos sin los diccionarios…) en 1982.

Pero Hemingway ya había desembarcado en París y mi iniciático pero invisible talento no me sirvió de nada hasta muy tarde, cuando el puerto de mi refugio empezaba a teñirse de ladrones de Bagdad sin gracia. Luego, mucho luego, cuando ya no había remedio, oí que el Principito había dicho que lo importante es lo que no se ve.

Contra vientos y mareas de un Sena en el que entonces te podías bañar sin exponerte a una muerte súbita, comimos perdices en el París de los sesenta. Pasó la horrenda “revolución” de mayo que lo único que dejó fue eurodiputados como Daniel Cohn Bendit, que después de presumir de revolucionarios pegándoles pedradas a los policías parisienses están pero que muy bien agarrados a sus poltronas y, por supuesto, han olvidado sus ambiciones pero, sobre todo, nuestros sueños.

Y “Casablanca” contribuyó al hundimiento de todas mis ilusiones. ¿Quién puede creerse que el alcohólico Rick Blaine sueñe con París en el infame agujero de su cabaret montado en un estudio de no quiera saber usted dónde? Ni Ingrid Bergman, que yo hubiese visto más que en el aeropuerto de risa y sin nombre que se la lleva de Casablanca en el de Fiumicino de toda la vida, con acceso directo a Via Veneto, en la Roma de los sueños eternos de todos los Fellini que en el cine fueron.

Esa Via Veneto de Fellini y toda la dolce vita que algunos vivimos a pedazos y otros a trompicones pero nunca con el esmoquin elegante que Marcello Mastroianni lucía en la playa cuando decide recuperar la fe en sí mismo en los ojos de una niña.

Más tarde hice escala en el puerto de La Habana, en Cartagena de Indias, y en tantos, terminando por el Mediterráneo. No hubo milagro. A los Ulises vencidos en las grutas de Hércules de Tánger ya no los quieren en ningún sitio.

Pero no se me alboroten quejándose que siempre, mientras el hígado aguante, siempre  nos quedará un buchito de güisqui con un generoso chorreón de cine.   

(*): Sergio Berrocal es periodista, escritor y cinéfilo. Ha trabajado durante cuarenta años para la Agencia France Presse. Su último ensayo publicado es "Locura de desamor", una zambullida en la auténtica demencia.  






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