jueves, 09 de febrero de 2012
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El personaje


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Colaboración: Brigitte Bardot, con leche y sin azúcar

 
Brigitte BardotPor Sergio Berrocal *

Los ojillos bribones cuajados de abéñula de Brigitte Bardot hicieron vibrar los bajos del corazón de todos los machos, menos machos y lesbianas que en el mundo fueron. BB, la rubia de voz perdida en el fondo de unos pechos pequeñitos pero matones, no fue el vulgar fenómeno de feria a que nos acostumbra el cine.

Es cierto que se tropezó con un director de cine eslavo cuyo talento consistió en comprender que debajo de aquellos labios repletos de promesas, aquella boquita pintada por un Van Gogh en celo, existía el talento de conquistar.

Era la nueva Eva, capaz de volver a reeditar la faena del paraíso y sin manzana conseguir que el hombre mordiera fuerte y estúpidamente.

No era un peluche familiar y agradable al tacto sino una mujer de armas tomar que un día, mucho después de Roger Vadim, su Cristóbal Colón, diría muchas cosas prohibidas que todos queríamos escuchar en aquella mítica canción de Serge Gainsbourg, "Je t’aime moi non plus".

Años 50 en la frontera de los sesenta, años de dictadura franquista en España, donde la foto emotiva de un pecho de la Lollobrigida podía llevar  a un semanario a la guillotina del censor.

Franco, el Generalísimo, el defensor de la moral en una España antibolchevique, nunca sabría que durante su reino de cuarenta años la sexualidad estallaba brutalmente y las mujeres se liberaban haciendo del sexo una práctica corriente y desenfadada.

Madrid estaba lleno de prostitutas, de "demi-mondaines", acompañantes de lujo que lo mismo servían para una cena con un secretario de Estado que para una noche de olvido mientras las sirenas de los patrulleros rompían la calma sepulcral de las calles en busca de enemigos del régimen.

Miedo y pasión que mucha gente ni imaginaba. Y mientras en París el descubrimiento de Roger Vadim se convertía en orgullo nacional de cara al extranjero, más importante que las exportaciones de automóviles Renault, las niñas decentes de Madrid suspiraban con los ojos llenos de abéñula y las boquitas preparadas para el amor de un momento o de una eternidad.

Charles de Gaulle, militar siempre antes que Presidente de la República, que apenas dejaba salir a su mujer de la cocina, se enamoró de la que él convertiría simplemente en BB y la proclamó lo más importante que Francia tenía para conquistar el mundo..

No sé si Brigitte era otra intelectual escondida como dicen que fue Marilyn Monroe, aunque dudo de que a ella le importara mucho ese detalle, pero lo cierto es que Tolstoi hubiese podido pensar en ella cuando en "Guerra y Paz" dice que el amor es la negación de la muerte, el amor es la vida.

La recién nacida estrella en una película mediocre, "Et Dieu créa la femme", era pura vida. Todos la amábamos porque sabías que a su lado, con su imagen cerca, la existencia no podía ser más que un largo camino sembrado de pétalos de rosas de Bacará.

BB había resuelto la cuadratura del círculo. Era bella sin ser bonita, deseable, simpática, al mismo tiempo que impertinente, odiosa a ratos, una mezcla que resultaba para todos los hombres en edad de amar un auténtico élixir de vida viva.

"Elle vit comme tout le monde, en étant comme personne": Vive como la gente aunque ella es diferente de los demás.

Lo decía Jean Cocteau, ya viejo pero que había conservado el talento de enamorarse, aunque prefiriese a los efebos que frecuentemente pintaba y amaba con la pasión del recién confirmado.

Vivo sin vivir en mí en un pueblo de pescadores de la Costa del Sol española, en el fondo de Europa, donde empieza, ya saben ustedes. La otra mañana se me fue el santo al cielo mientras tomaba un descafeinado con leche en el Bar Guerra, por cuya terraza circula todo lo que de bello y menos bello tiene este pueblo playero en verano.

Una chiquilla sin más pareo que esa belleza insolente que suele dar la juventud pura pasó rozando mi taza. Sin proponérmelo pensé en BB, cuando aquel día en los estudios Billancourt  de París me eligió como el reportero más simpático y me entregó un bolígrafo de plástico que un envidioso se apresuró a robarme.

Entonces, mientras la desconocida alejaba de mis ojos todo lo que llevaba de promesas cumplidas entre sus muslos que olían a anís del mono loco aquel que se escapó un atardecer del palacio de Barbara Hutton en Tánger, se me antojó que estaba en Via Veneto, que Mastroianni sonreía mientras Fellini tomaba un Cinzano.

Al rato, en el kiosco de periódicos de la esquina, me tropecé con Brigitte, la Bardot, la auténtica. Me sonreía como nunca lo había hecho desde su pelo desordenadamente rubio. Estaba en la contraportada de una revista, haciendo publicidad para una de las grandes marcas de la elegancia de París.

Me llené de alegría, la misma de Billancourt.

BB, la del General, la de todos los hombres que en los sesenta tenían edad de amar, incluso los menores, estaba de vuelta.

Y volveremos a amarla, como la amó Sacha Distel, el cantante de los dientes blancos que puso de moda la ortodoncia inteligente.

O como la deseó el terrorífico guapo Samy Frey, descarado y talentoso.

O como la llevó al matrimonio de no sé por qué el alemán Gunther Grass, con quien desembarcó un día en Búzios, playa del fin del mundo del amor allá por los aledaños de Río de Janeiro.

Ya me olvidaba de otro de sus amores. Y qué más da. A Brigitte la amábamos todos. Y la amaremos todavía más.

Brigitte, dame un beso, un beso muy happy.

(*): Sergio Berrocal es periodista y crítico de cine. Su último libro: "Crónicas sin güisqui" (www. publibook.com).

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