jueves, 09 de febrero de 2012
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El personaje


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Colaboración: El burka de Julia Roberts

 
Julia RobertsPor Sergio Berrocal *

Al cumplirse mil y una noches de contar cuentos, Shahrazad, figura esbelta, pecho erguido, ojos negros, mejillas suaves, cintura delgada y caderas pesadas, le pidió al sultán que no le cortase la cabeza al amanecer, cuando acabase su historia, la última que sabía.

El sultán accedió.

El autor árabe que relata la vida de Shahrazad explica que durante las 1001 noches en las que su voz rompía el tedio del todopoderoso, había habido tiempo para todo. Momentos en que ella se callaba y él la buscaba. Al cabo de los mil y un cuentos, Shahrazad había dado a luz tres veces.

No sólo de cuentos vive el hombre, y menos los sultanes.

Dejas el encanto secreto y personal de un libro y echas una mirada a las carteleras de cine en este verano europeo repleto de vientos achicharrantes que agobian el pensamiento.

La mayoría de las películas parecen aburridas, sin sentido, de hacer por hacer. A este burka de la mediocridad no escapa Woody Allen, ni siquiera Julia Roberts. Es una pena. Es raro el título que en este mes de septiembre despierta algo más que curiosidad.

Estoy seguro que mi amiga Juanita (la protagonista de la maravillosa novela "La vida perra de Juanita Narboni", de Ángel Vázquez), aquella del Tánger de mis años mozos, el Tánger donde tenían que haber estado Humphrey Bogart e Ingrid Bergman y no en la provinciana Casablanca, no podría sentir hoy el entusiasmo que le despertaron películas estrenadas por aquella época como "Lo que el viento se llevó".

Seguramente el culpable es este tiempo de engaño que vivimos.

Como cuando te dicen que los norteamericanos están realizando la labor del siglo al reunir una vez más a los palestinos y a los israelíes.

Todos, hasta los menos listos, sabemos que Gaza, una de las ciudades más antiguas del mundo, de la que se halla razón en la Biblia, seguirá siendo el infierno de la gente de Palestina por los siglos de los siglos.

O cuando los medios de comunicación te dan día y noche la tabarra para que te creas que los banqueros son gente honrada y que sabrán resolver la crisis económica con la que tiembla hasta Estados Unidos, lleno de desempleo como Europa, que pronto no será más que un museo, una gigantesca Atenas para el recuerdo.

O cuando la misma prensa, dispuesta a todo para echar abajo la esperanza de la gente, airea que a Stephen Hawkins, el astrofísico del carrito de ruedas y de la voz metálica, se le ha ocurrido decir que Dios no creó la Tierra.

Alguien podría haberle respondido aquello que decía Voltaire, filósofo y pinturero personaje del París de las pelucas y de los perfumes paraolores: Si Dios no existiese habría que inventarlo.

Pero ya se sabe, los ingleses, o británicos, que son igualitos, siempre se han creído los mejores. Por algo dicen que el general Charles de Gaulle, que los trató en el Londres de la II Guerra Mundial, los odiaba como sólo podía odiar aquel militar.

Aunque seguramente no era  tan cruel como aquellos otros uniformados que estos días han celebrado el siniestro aniversario de la destrucción atómica de Hiroshima. Valientes mozos norteamericanos que miraron el primer horror nuclear a través de sus bellas gafas Rayban, como si estuviesen en una sala de cine en 3D.

Seguro que les supo a poco porque poco después montaron otra bombita preciosa y la dejaron caer en otra ciudad de Japón, Nagasaki.

Empezaba "Hiroshima mon amour", se destapaba el llanto oficial de un cineasta por el amor

perdido a ritmo de bombazo atómico tremebundo que dejó a las grandes conciencias mundiales como si los guapos aviadores hubiesen ido a tomarse un helado de nata montada a Capri, que ya saben que se acabó y que nunca acabó de terminarse.

Es sábado sabadete en Fuengirola City, ciudad del fin de Europa.

El Bar Guerra está atestado de desgraciados que toman como una purga maldita, de redención, descafeinado con leche.

En el rincón más oscuro de la barra, donde el sol no tiene permiso de estadía, Gilda me mira con ojos tristones de Marlene Dietrich.

No hay ningún Glenn Ford, macho o marica, que pueda consolarla.

Sergio, el camarero boxeador que nunca vio borracho a Bukowski ni gracioso a Hemingway, la consuela con un enorme vaso de aguardiente dulzón.

Una gitana guapa, prima lejana de los gitanos que Sarkozy expulsa de Francia como si fuesen juguetes chinos con defectos de fabricación, me asegura con voz de cantante argentino harto de su propia tontería:

Todo es mentira,

Todo es quimera.


Le pregunto a Luciente, mi fiel secretaria de Brasilia, si debo tomarme otro descafeinado o un cubo de cachaza.

Me sonríe con esa convicción que siempre ha tenido en su trato conmigo pero no contesta. Las comunicaciones dejan que desear a once mil kilómetros mal contados.

Dentro de unas horas, el maldito domingo empezará a morirse.

El sultán de Las mil y una noches se convirtió al cristianismo y decidió cortarle la cabeza a Shahrazad. Después de todo, se dijo el maldito converso, ha pasado la vida contándome cuentos.

Ya no hay noches que duren mil cuentos.

Gilda me llena el rostro de relentes de aguardiente para decirme que el pobre sultán no tuvo culpa de nada por mucho que fuese de la rama nodriza de Al-Qaeda.

Shahrazad, pretende ella con la seguridad de las alcohólicas anónimas pasadas por agua bendita, murió en Hiroshima.

Y nadie pudo volver a comprobar que su saliva era más dulce que el agua de rosas.

Gilda llora y yo la acompaño.

(*): Sergio Berrocal es periodista y crítico de cine. Su último libro: "Crónicas sin güisqui" (www. publibook.com).

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