jueves, 09 de febrero de 2012
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El personaje


Ya se publicó el reportaje de Playboy México sobre Vanessa Bauche, en el que desvela sus intimidades, sus apetencias eróticas (por ejemplo la afición por los "juguetes") y sus curvas.

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Colaboración: Alain Delon musitaba, Romy Schneider rezaba

 

Romy Schneider y Alain Delon


Por Sergio Berrocal *

Romy Schneider mira a Alain Delon con ojos de esfinge y él le dice algo que ni siquiera ha quedado grabado en la película del fotógrafo que preparó la escena. Es la portada de un libro publicado por Paris Match, el semanario para el que todos los periodistas verdaderos hubiesen querido trabajar después de que fueran desahuciados por Life.

Es la foto de portada, la pareja del siglo, aquella de los años sesenta que convirtió el romanticismo en un quiero pero no puedo de la Emperatriz Sissi y el desgraciado de turno con sus muchas condecoraciones.

El Festival de Cannes siempre ha sido una foto inacabada, parada con el hiposulfito de la vida que no termina de secar a menos que la cuelgues del tendedero del laboratorio de Dios.

Los norteamericanos todavía no habían desembarcado en ese pueblecito de la Costa Azul francesa y el cine vivía su glamour local.

Luego, muy luego de la vida de todos los días, Francia firmó un tratado que ayuda gracias al cual Estados Unidos podía pasear por Europa su cine para lograr más beneficios que con la venta de coches o de predicciones astrológicas.

Romy Schneider, austriaca de cuño alemán, de madre actriz  poderosa sin ningún éxito apoteósico en  las carteleras, le había enseñado que lo importante era llegar, arrasar, conquistar.

Hitler, siniestro personaje del siglo XX, había desbordado de su Alemania natal y había querido conquistar Europa. Como Napoleón. Y Leon Tolstoi tuvo que escribir Guerra y Paz para explicar y sobre todo justificar una guerra espantosa.

“…Dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco jugoso por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanca; sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su muerte…”.

Hubo un tiempo en que creí que eso lo había escrito yo. Hasta que me percaté de que era cosa de Juan Rulfo en Pedro Páramo.

Las fotos de Paris Match recrean la actualidad de los mil famosos del Festival de los Festivales, el circo del glamour donde si no eres bello estás muerto. Como diría el otro, si a los 40 años de edad no tienes un Rolex no eres nadie.

Es un índice onomástico, necrológico, de tanta y tanta personalidad que ha pasado y que pasará por ese pueblecito de antiguos pescadores llamado Cannes donde dos semanas por año cualquier turista accidental puede observar el devenir de un cine lleno de gomina y boquitas pintadas.

El glamour, queridos hermanos, es la facultad de embutirse en un esmokin alquilado por pocas monedas, menos de las que cobró Judas para vender a Jesús, y convertirse en uno de los protagonistas de todas las ficciones del mundo.

Películas que firmaran como protagonistas gente llamada Julia Roberts, Pepe García o esa inefable señora apodada, calificada de Angelina Jolie.

La realidad, queridos hermanos de púlpito, en este domingo de tanto calor y de todas las atrocidades, cuando los muertos se cuentan por cientos de miles en un país donde el jefe andaba de juerga millonaria en Londres, es la ficción que a todos nos hubiese gustado haber vivido.

Más de una vez pasé parte del mes de mayo  el mes de las flores, de las petunias holandesas, en Cannes City, viendo películas, enamorándome de Andie MacDowen y retirándome en las noches castas a mi Hotel de la Poste modesto pero a un tiro de piedra del Palacio de los Festivales.

En el libraco de Paris Match hay fotos para todos los paladares pero siempre con el sello de la supuesta intimidad.

Gary Cooper asomado a un balcón de su hotel que le viene estrecho, Brigitte Bardot antes de ser BB y un intermiable etcétera.

Entre todas las fotos del libro me he quedado con una de una gran actriz francesa de corta carrera en la época de la nouvelle vague que siempre estuvo en mi memoria.

Cuando yo aprendía los balbuceos del periodismo callejero en la Agencia Keystone Press Agency en Paris, exactamente en el 25 de la rue Royale,  una de sus estrellas fotográficas fue enviada para reportear un festival de Cannes en el que yo todavía no podía ni soñar.

Aquel hombre de pelo aplastado era gran reportero aunque bajito y simpático a más no poder, un titi parisiense, enorme fotógrafo que le sacaba a su Rolleiflex más partido que nadie.

Durante los primeros días envió gráficas crónicas que eran una delicia de grano de negativo y de talento.

Hasta que dejó de hacerlo. Hubo un silencio espantoso que nos sobrecogió a todos los aprendices que lo admirábamos con el fervor de aquellas novicias que vivían sin vivir.

Entonces, al ver que su reportero estrella destacado en el Festival de Cannes no respondía al teléfono, el Presidente de Keystone le mandó el más siniestro de los telegramas: “Profundamente asqueado por su trabajo. Vuelva a París”.

Durante largas horas, todos los aprendices que se forjaban en aquella escuela independiente de periodistas dejamos de respirar para ver lo que había pasado.

El reportero estrella nunca contestó.

Supimos luego que se había enamorado locamente, como hay que enajenarse, de una actriz  famosa y bonita, y que los dos habían decidido retirarse del mundo encerrándose en la suite que ella ocupaba en el exclusivo hotel cuyos balcones caían al escaso Mar Mediterráneo.

Luego conocí el Festival de Cine de La Habana, caí con Fresa y chocolate, y no volví a pensar en Cannes.

Creo recordar que el reportero estrella de Keystone también había olvidado a la otra estrella de cine, al menos que fuera ella…

Y todo quedó así. Y terminé varado en el fondo del Mediterráneo, donde empieza el comienzo del fin de África y termina el profundo fin de la vida.

(*): Sergio Berrocal es periodista y crítico de cine. Su último libro: "Crónicas sin güisqui" (www. publibook.com).

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